domingo, 6 de febrero de 2011

Un café y un sobre en blanco. Capítulo 5. ¿Me recuerdas?


Principios de Enero. Finales de la semana en un colegio alejado de la ciudad. La hora de volver a casa.

Habitación verde. Él. Y en el aire ella.
¿Dónde estará? ¿Con quién? ¿Cómo se llamará? Y sobre todo… ¿por qué no puede olvidarla?
                -Ey, ¿vienes?
                -Sí…
                -¿En qué pensabas?
                -Nada en concreto… ¿por?
                -Estabas súper empanado.
                -Ya bueno… me he distraído un poco… eso… eso es todo.
                -No, no tranquilo. No te voy a juzgar. No te preocupes.
Él le sonríe. Sabe que ella no va con segundas, ni tiene malas intenciones. Ella no es como muchas de las que dicen ser sus amigas.
                -Decía que si te vienes…
                -Emmm, no, no, lo siento. He quedado con mi padre en un sitio y tengo que coger el autobús…
                -Pf, qué asco… autobús público.
Y empiezan a reírse.
                -Ya… bueno. Mañana nos vemos.
                -Sí, mañana en la puerta. No entro sin ti.
Y sonríen los dos. Él le da un beso en la mejilla que ella, con gusto, acepta.
Y sin esperar más, ella se marcha y él se dirige a la parada del bus más cercana.

Yoy know I know how,
 to make ‘em  stop and stare as I zone out.
The Club can’t even handle me right now.
Watching you watching me we go all out.

iPhone sonando.
                -¿Si?
                -Hijo, ¿vienes? –suena al otro lado de la línea.
                -Sí, papá. Voy a coger el autobús ya, de hecho te cuelgo que ya está aquí. Hasta ahora.
                -…
Y sin dar tiempo a contestar, cuelga el teléfono.
                -Buenas.
                -Hola.
Una moneda de un euro cae al suelo. El chico se agacha y paga el viaje. Y en cuanto el conductor le entrega el ticket, él camina hacia la parte trasera del autobús, pero no hay asientos libres. Pues de pie, piensa.
¿Cómo se llamará? ¿Se acordará de aquel encuentro? ¿Qué estará haciendo? ¿Tendrá novio? ¿Dónde estará…?
Pero todos sus pensamientos se interrumpen y encuentran respuesta en el choque de una carpeta llena de papeles contra el suelo. Él se agacha para ayudar a su dueño a recoger todo. Dueña. Ella.
No reacciona. Se queda agachado y ella le dice:
                -¿Estás bien? Gracias por ayudarme.
                -Sí. Sí… emm, denada –consigue decir cuando reacciona.
Ella sonríe. Él se levanta, la mira escrutando cada gesto, ¿es ella?
                -Mmmm… Cayetana –dice mientras le tiende la mano.
                -Alonso –dice él. Y en vez de estrechársela, le planta dos besos en las mejillas.
                -¿Te conozco?
                -Sí. Mmm no. Bueno… -dice. Y ambos echan a reír.
                -Me suenas un montón, pero últimamente ando tan ausente que lo mismo veo a mi mejor amigo y me creo que alguien me está siguiendo…
                -No te preocupes. Emm… -comienza –bueno, es que hace tres viernes… en el Starbucks… estabas guapísima.
                -¡Ya me acuerdo! Qué vergüenza pasé… me quedé embobada mirándote y cuando me di cuenta de que me estabas sonriendo dije mierda, se pensará que soy una retrasadita o algo así…
                -Pues se equivoca usted, señorita. Me pareciste súper dulce, y eso que no cruzamos una sola palabra –concluye él sonriendo.
                -¿Y te acuerdas aún de mi?
                -Mmmm… vas a pensar que no tengo vida pero… la verdad es que llevo desde entonces pensado en aquella chica.
Ella se carcajea.
                -¡Venga ya…!
                -Lo digo en serio…
No se lo puede creer. Cayetana acaba de ver en aquel chico algo nuevo. Un destello en esos ojos totalmente negros que no le pasa desapercibido. De lejos era guapo, de cerca es increíble.
Además… ¡menudas pestañas tiene!
-Bueno, antes de nada, toma mi móvil –y le apunta nueve dígitos en el ticket de autobús.
-Gracias –dice ella, mientras coge el trozo de papel y saca su móvil para guardarlo. Afortunadamente, Felipe se lo ha devuelto al final dela clase.
-Cualquier cosa. Un día aburrido, un día de mierda, un día genial. Un día libre… ya sabes –le dice mientras le guiña un ojo.
-Claro –añade, y sonríe.
-¿Cuál es tu parada?
-Mmmm… pues la siguiente, si no me lo dices… me doy la vuelta a todo Madrid sin pisparme.
Los dos ríen. Están felices. Una, por haber conocido a aquel chico que le pareció tan guapo el viernes pasado. El otro, por haber encontrado la respuesta de todo lo que había pensado durante aquellos días. Ha sido una verdadera suerte dar con ella así. Gracias al recado de su padre, ha dado con ella. Ha dado con Cayetana.
Justo en ese momento, una señora mayor, que se ha levantado para pulsar el botón rojo de “Parada solicitada”, suelta sin querer su bolso abierto, desparramándose todo por el suelo del vehículo.
Alonso es el primero que se agacha a ayudarla a recoger sus pertenencias. Cayetana, después de pulsar el botón que no ha llegado a pulsar la señora Mariana, se coloca la falda y se agacha también a ayudar. Pero si carpeta de vuelva de nuevo y sus papeles de deberes, notas, redacciones y entradas de su blog se mezclan con la barra de labios, los pañuelos y la chatarra de su vecina.
                -¡Joder! –maldice ella.
Alonso se ríe de la situación. El autobús se detiene, y Cayetana, sin despedirse de él, y recogiendo todos sus folios lo más rápido que puede, se baja del autobús y sale corriendo hacia su puerta. Por fin a salvo de no hacer más el ridículo.

A unos cien metros, él se gira hacia la ventana. Menuda pedazo de casa que tiene su recién conocida amiga. Es una chica realmente increíble. Y alza su mano esperando que vea que le dice adiós.
Mira hacia abajo cuando el autobús se vuelve a poner en marcha y ve que, debajo de un asiento, un sobre sin identificación alguna, se ha quedado enganchado.
Nadie le mira. Ese sobre ahora contacta con la piel de sus manos. A ver qué hace ahora.



martes, 1 de febrero de 2011

Un café y un sobre en blanco. Capítulo 4. No te lo creas tanto.


Principios de Enero en un pueblo cerca de la capital. Un día helado en Madrid, moral y meteorológicamente.

Bip bipbip, bip bipbip, bip bipbip!
Otra vez, como cada mañana, el atronador sonido del despertador.
                -Joder… -maldice ella, que, con los ojos aún cerrados, apaga la molesta alarma.
Se levanta rápido, y se dirige corriendo al baño para entrar antes que su hermano. Pero no le hace falta correr, al ver que éste, legañoso, en el intento de alcanzarla se choca con la puerta de su habitación. Cosa que hace que ella se tire al suelo de la risa.
                -Menuda forma de empezar la mañana, hijo… -dice Alejandra, la madre de ambos, que se dirige escaleras abajo para prepararles el desayuno.
                -Solo por lo bien que lo has hecho, te dejo que entres primero –dice Cayetana, cuando la risa va calmándose.
Mientras su hermano se ducha, ella decide hacer la cama y encender el ordenador. Tiene dos mensajes privados en el Tuenti. Los dos son de desconocidos.
Al ver el que los envía, se lleva la mano a la boca mientras las lágrimas afloran… no sabe qué ha pasado, ni el contenido completo del mensaje, pero antes de quedarse pegada ahí toda la mañana comiéndose la cabeza por lo que haya causado aquello, apaga la pantalla y saca su uniforme. Falda verde oscuro, polo blanco y jersey y leotardos granate oscuro; el mismo y aburrido atuendo de todos los días. Maldice de nuevo por lo bajo.
                -Ya puedes pasar –anuncia Víctor en el marco de su puerta, con una toalla enrollada en su cintura.
                -Vale…
Cayetana entra en el baño, a paso lento y agarrándose el vientre. Se siente mal, peor que mal.
Se lava la cara con agua helada, se le adormece, pierde por un segundo la respiración. Se recoge el pelo en una trenza de raíz y se pone una diadema finita sujetándole el flequillo. Sus perlas, un poco de raya verde y su colonia Lady Rebel. Se lava los dientes y sale. 

Encuentro en cualquier lugar, arenas de algún mar
que hace ya tiempo pudo vernos caminando juntos.
Echo de menos despertar, y verte suspirar.
Echo de menos dibujar tu cuerpo con mis dedos.


Suena su BlackBerry nueva. Una Bold 9000. Pero... ¿quién la estará llamando a estas horas?
Deja de sonar. Una llamada perdida, número que desconoce.
Guarda el móvil en su mochila, coge su trenca de cuadros verde y baja a desayunar con su hermano mientras su madre vuelve a la cama.
Traga su café energéticamente y se mete una galleta Maria untada con mantequilla en la boca.
                -Vamos Víctor –dice ella.
                -¿Por qué tienes tanta prisa? Todavía queda media hora para entrar.
                -Tengo que hacer una cosa.
                -¿Has quedado con tu novio? –dice arqueando las cejas.
                -Qué tonto eres…  -dice ella sonriendo mientras se acerca a él.
Víctor coge a su hermana y la sienta encima suyo.
-¡Ay! ¡Qué asco Víctor! –dice cuando su hermano le planta un beso con los morros llenos de cola-cao y galletas migadas.
                -Un beso mojado –dice carcajeándose -. ¿No te ha gustado?
Ella no le contesta, se acerca a él y le lame la mejilla.
Le ha cogido tan de sorpresa que no puede reaccionar, pone cara de asco y empieza a hacerle cosquillas a su hermana. Ella empieza a retorcerse de la risa hasta que, sin querer, de un manotazo, la taza todavía medio llena cae al suelo.
                -¿Qué pasa ahí abajo? –exclama su padre desde la cama.
                -¡Nada papá! –dice él doblado de la risa.
                -Ssh, hay que recoger todo esto –dice su hermana.
Los dos, todavía riéndose, cogen una fregona. Y mientras uno recoge la taza hecha añicos, el otro friega la leche chocolateada del suelo.
                -Vamos, que llegamos tarde –apura Cayetana mientras se cuelga su bolso de charol azul marino de Bimba&Lola que le regaló su padre en su último viaje a Milán.
                -Si no hubieras tirado MI cola-cao –recalca -, no tendríamos que correr, ya habríamos salido –dice Vic para chincharla -. ¡Hasta luego!
Y salen de la casa para coger la ruta que les llevará al colegio, pero será la segunda tanda, así que no llegarán con sus amigos, que seguro habrán cogido la primera.
Después de quince minutos de viaje y ocho paradas, por fin, cada uno por su parte y después de un abrazo, se junta con sus amigos para entrar a clase.

Encuentro en cualquier lugar, arenas de algún mar
que hace ya tiempo puedo vernos caminando juntos.
Echo de menos despertar, y verte suspirar.
Echo de menos dibujar tu cuerpo con mis dedos.


Otra vez el mismo número.
                -¿Entramos? –dice alguien, y Lalo, Cayetana, Chus, Javi, Irene, Carlo, Roi y Lena se dirigen pasillo tras pasillo, hacia su fila de taquillas.
Caye, se detiene mientras el grupo sigue avanzando. Ahí está él. Recuerda que, cuando Marc todavía estaba en su vida, le preocupaba que Jaco le gustara tanto como para dejar de sentir algo por el primero. Pero ahora que Marc ya no estaba, no le preocupaba demasiado el no poder evitar sentirse terriblemente atraída por aquel chico de actitud chulesca y macarrilla.
Jaco, que al verla pasar se ha girado, sonríe al verla mirándole. La saluda con la mano y le guiña el ojo.
El corazón de Caye da un vuelco. Niega con la cabeza mirando hacia el suelo y sigue por el camino hacia el que iba.
Todos sus amigos han entrado ya en clase.
                -Viva la espera –susurra ella.
Coge los libros de las tres asignaturas de la mañana, y con Jaco detrás, también llegando tarde, entra en clase de Francés.
                -Salut! –dice ella.
                -Salut –dice Jaco imitándola, pero españolizado.
Ambos se sientan en sus sitios. Cayetana nota como Jaco la está mirando, pero no dirige sus ojos hacia él, sonríe para sus adentros y sigue la clase.

Después de Francés, Música y Biología. Un recreo corto. Después, Inglés, Lengua y la hora de la comida. Y para finalizar el día, Matemáticas y Tutoría.
                -¿Qué toca ahora? –pregunta Jaco a todo el pasillo de una sola vez.
                -¿Por qué gritas?
                -Porque si lo digo así, siempre habrá alguien que me responda, sin tener que preguntar ochenta veces.
                -Ah, pero que ¿sabrías contarlas? –dice Cayetana cuando pasa a su lado.
Mientras todos se ríen de la ocurrencia de la tímida chica, Jaco la sigue con la mirada y sonríe. No se había dado cuenta de que Cayetana era tan mona, a decir verdad no se había dado cuenta si quiera de que iba a su clase, hasta que había empezado a chincharla.
                -Bueno, empezamos la clase.
                -Falta gente.
                -Bueno, pues los que vengan a partir de ahora, tendrán una incidencia de retraso y ya está.
En ese mismo momento empieza a entrar gente. Felipe, el profesor, apunta los nombres de todos ellos mientras se van sentando. 
-Parece que no falta nadie –dice él.
Jaco entra por la puerta.
                -Señor Parejo, tiene usted retraso. Siéntese ahí, al lado de la Señorita Artibarre. 
El chico sonríe de oreja a oreja. Ella, mete su cabeza entre sus brazos, pero sonríe sin que nadie la vea.
                -Lo siento Señorita, es el único sitio libre.
                -No, no pasa nada –dice ella.
                -Bien. Hoy no vamos a corregir ejercicios, hoy vamos a dar un poco de teoría: Sucesiones.
Y empieza a apuntar fórmulas, números, y letras sueltas.
                -A ver, Artibarre, ¿me puede decir cuál de estas fórmulas corresponde a una sucesión aritmética?
Cayetana se queda blanca. Las sucesiones es el tema que peor de le da. No sabe la respuesta, y, aunque Felipe lo sabe, la sigue mirando para que responda algo.
                -Emm…

Encuentro en cualquier lugar, arenas de algún mar
que hace ya tiempo pudo vernos caminando juntos.
Echo de menos despertar, y verte suspirar.
Echo de menos dibujar tu cuerpo con mis dedos.


Ella agacha su cabeza contra la mesa.
                -No puede ser –susurra.

Y no me queda nada, ahora es todo lo que soy.
Lo mismo.
Ya na-na-nada podrá cambiar, te fuiste y no volverás,
solo quiero imaginar que al menos, fue de verdad.
Lo mismo.


Jaco se pone a buscar su móvil por la mochila, pero no es el suyo.

Ya na-na-nada podrá cambiar, te fuiste y no volverás.
Mientras soñaré, soñaré que sientes…. Lo mismo.


                -¿Quién me ha robado el móvil? –grita para toda la clase.
Todo el mundo empieza a reírse. Menos Cayetana, que saca su BlackBerry del bolsillo, le da a colgar. Y sin más remedio, le entrega el móvil al docente, que apunta algo en un post-it y lo pega en la parte de atrás del aparato. Seguramente su nombre.
Mierda.
                -Y encima es una BlackBerry –dice alguien.
                -Cállense todos, ya –ordena alzando un poco la voz, el profesor.
Y enseguida se lo guarda en el bolsillo y sigue escribiendo fórmulas en la pizarra.
                -Vaya, qué rebelde –se burla Jaco.
                -Cómprate un bosque y piérdete anda –le responde ella.
Él se carcajea, tiene gracia aquella chica.
                -¿Por qué tienes esa canción en tu móvil?
                -Es mi favorita. O ¿es que acaso no puedo…?
                -También es la mía –interrumpe él.
Ella se calma, sonríe.
                -Parece como si siempre estuvieras enfadada conmigo.
                -Ah, ¿si? ¿Y por qué?
                -No sé, pero siempre que te miro giras la cabeza y si te sonrío me pones cara de asco.
                -¿Sabes? Es que tienes la feliz virtud de ponerme de los nervios.
El chico sonríe y quita importancia con la mano, como si demostrase modestia ante un piropo.
                -Y eres un creído –añade.
                -Y guapo.
                -Lo que decía, un creído.
                -Pero un creído guapo.
Ella ya no lo mira, sonríe mientras se pone sus RayBan Warfarer negras con el cristal blanco, que ha visto que se vuelven a llevar. Y mira de nuevo a la pizarra, todavía sonriente, para empezar a copiar todo en su cuaderno.
La clase se pasa rápido. Jaco le ha contado muchas cosas que la han hecho sonreír, y muchas otras con las que ha reído como hacía semanas que no hacía.
                -Ahora tutoría…
                -Bueno, me pondré a tu lado y te termino de contar lo del finde pasado.
                -Como quieras.
Ella se siente feliz. Por fin. Sale de clase hablando con Jaco, pero enseguida este corre para el baño y Lalo aprovecha y se le acerca.
                -¿Qué tal la clase con el pesadito de…?
                -Muy bien –dice ella sin dejarle termina la pregunta.
                -¿Cómo es que estás tan sonriente?
                -No sé… hoy me siento bien.
                -Yo… joder, no es que no me alegre. Eres mi mejor amiga, pero me preocupa que cambies de humor así… ¿te pasa algo?
                -Que no, Lalo. No me pasa absolutamente nada.
Y corre a la fuente de agua para rellenar su botella.
Una hora más al lado de Jaco y tendrá que darse un masaje facial para quitar el tirón que le impide dejar de sonreír.
Pero no. No puede colarse por alguien así. Le ha contado que la pasada semana se había liado con cinco en una sola noche, y todas ellas eran amigas. Pero que no se había liado con más porque no se relacionaba con feas. Mierda. Eso no es lo que ella quiere. Pero no lo puede evitar. Mierda doble.


sábado, 22 de enero de 2011

Un café y un sobre en blanco. Capítulo 3. Meñiques enlazados.

Principios de Enero en un pueblo cercano a la capital. Las tres de la tarde de un fin de semana.             
            -¡Mamá! ¿Has visto mi libro?, ¿el de Orgullo y prejuicio?
            -¿Cuál de ellos?
            -Mierda, es verdad. ¡Vale, nada, déjalo!
Cayetana acaba de caer en que tiene 6 libros de su novela favorita. Cada uno de ediciones distintas, y afortunadamente, sabe de memoria el texto de la página por la que iba. Así que solo tendría que buscarlo por el capítulo quince… ¿Dónde habrá metido el libro?
            -Cariño, ¿qué te pasa?
            -Nada, Vic…
Víctor lleva un tiempo observando a su hermana. Ella, que tiene pasión con él, y que sabe que no le gusta verla mal, ha preferido no contarle nada de lo de Marc. Pero ahora que casi no puede ocultarlo, se arrepiente totalmente.     
            -No me mientas. Estás rara…
            -He perdido mi libro.
            -¿Orgullo y prejuicio? –ríe sonoramente -¿cuál de ellos?
Y arrastra a su hermana a una risa contagiosa que se parece bastante a la de él.
            -La edición que más me gustaba… -dice, exagerando su cara de pena.
            -Oh, pobre… -dice, mientras coge a su hermana de la cintura y la sienta encima suyo  –ven aquí.
Víctor la abraza por detrás, protector, cariñoso. No siempre ha sido así su relación, antes se mataban vivos. Ahora, afortunadamente los dos, han madurado bastante.
            -Tengo… tengo que contarte… -Cayetana no está segura de abrir esa brecha otra vez, pero va a hacerlo –tengo que contarte algo.
Vic abre los ojos y espera a que su hermana termine la frase completa. O más bien espera que le especifique sobre qué tiene que hablarle.
            -Marc –dice él.
Su hermana asiente con la cabeza y el chico emite una especie de gruñido que hace que Caye dé un salto de su propio regazo. Deciden sentarse en el sofá de la habitación de éste.
            -¿Te ha dicho algo que…?
            -Que… ¿qué? De todas maneras no.
            -¿Entonces…? –interrumpe –si no te ha dicho nada…
            -Ahí está la cosa… que hace mucho que no hablo con él.
            -Y… estás preocupada, ¿no?
            -Me dijo que no quería saber nada más de mi, así que más que preocupación…
Víctor cree no haber oído bien lo que su hermana le ha dicho. Abre mucho los ojos y la boca sin darse cuenta. Coge las manos de su hermana y esta, después de unas semanas habiendo conseguido no llorar se desploma sobre su hombro. Él la abraza sorprendido aún. Siente desmontarse a su hermana delante de sus propias narices y cuando reacciona de la noticia, le da por pensar que si le tuviera delante tendría con él más que unas cuantas palabras.
            -Lo sabía… si es que lo sabía… -refunfuña él en voz baja.
            -Le… -dice Cayetana –le… le echo de… de menos –consigue terminar mientras su respiración comienza a agitarse.
            -Dios, Cayetana Arterribe, prometiste. ME –recalca –prometiste no hacerte daño con este asunto. Que pasara lo que pasara y pese a luchar por él, no te harías daño…
            -No me hago daño… solo… -no encuentra las palabras adecuadas –solo le echo de menos. Además, de no dejar de pensar en todo lo que pude hacer mal para que aquello pasara…
            -Tú no hiciste nada. Él era un niñato y siento que tenga que decírtelo así.
            -Mentí. Mentí por miedo a perderle. Pero él siempre era tan perfecto y tan…
            -Tan perfecto y tan, tan, como para que fuera todo real.
Cayetana lo sabe, pero no quiere pensarlo de esa manera. Ella tiene la culpa de todo aquello y no va a permitir que su hermano le eche la culpa al que había sido su amigo especial.
Da la conversación por terminada. Su hermano la abraza una vez se han levantado y le dice:
            -¿Y esto desde cuando?
            -Finales de noviembre.
Víctor cuenta con los dedos los días que han pasado.
            -¿Tres semanas? ¡Y no me has contado hasta ahora!
            -Ya… es que…
            -No pasa nada, comprendo que sea duro para ti hablar sobre esto. ¿Sabes? Hace unos meses me pasó algo parecido, ¿lo recuerdas? –dice el chico, mientras ve cómo su hermana asiente con la cabeza –y te lo conté porque no sabía cómo decírselo a mis amigos, por ejemplo.
            -Ya, pero Lalo…
            -Ya, ya sé que Lalo es tu mejor amigo y que os tenéis confianza ciega y todo eso, pero por miedo o por vergüenza, y aunque no pasa nada, deberías habérmelo contado… ¿Cuánto tiempo llevas aguantando las lágrimas?
Cayetana baja la cabeza y evita su mirada.
            -Lo imaginaba –el chico hace una pausa -. Mira, ya sé que eres una persona fuerte y todo eso… pero no hay nada mejor que desahogarse a tiempo. Y espero, que con el tiempo sepas que no pasa nada por llorar. Aunque él no se merezca ni una sola lágrima tuya. Pero de alguna manera hay que sacarse eso de hay dentro –dice mientras señala el pecho de la chica -,¿comprendes?
Ella no puede emitir una sola palabra. Se ha quedado en blanco. Solo asiente una vez más y abraza a su hermano tan fuerte que casi se caen. Vic se lo devuelve.
            -Te quiero –consigue decir, siendo abrazada de nuevo por su hermano.
            -Y yo también, Caye, y yo también… pero quiero... necesito –corrige –que me prometas, y que esta vez lo cumplas –dice un poco más alto para recalcarlo –que cuides de ti, y de todo lo que tienes hay dentro. Que es mucho –dice señalando el lado izquierdo de su pecho -. ¿Prometido?
            -Prometido –concluye ella, y enlaza su dedo meñique complementando su respuesta.
            -Bueno, y ahora,  vas a coger uno de tus libros de O y P…
            -¿O y P? –interrumpe ella, confundida.
            -Abreviaciones, cielo, pruébalo –le dice su hermano guiñándole un ojo -. Bueno eso, lo coges, te vienes aquí a mi cama y lees en alto, te olvidas de todo y te concentras en la historia mientras lees para mí.
            -Okaaaa –dice ella, mientras sale corriendo de la habitación de paredes grises.


martes, 21 de diciembre de 2010

Un café y un sobre en blanco. Capítulo 2. Llueve sobre mojado.

Principios de Enero, han pasado todas las fiestas. Más o menos las doce de la mañana.
Han pasado más de dos semanas. Y esa curiosa chica no se le va de la cabeza.
¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué no deja de pensar en ella si fue una simple mirada? Seguro que él le está dando muchas vueltas y aquella chica ni siquiera se acuerda de lo que hizo ese día.
            -Eh, tío, ¿estás bien? –se acerca Alejandro preocupado.
            -Si, si… Sólo... Sólo pensaba –contesta, dirigiéndose a su siguiente clase, haciéndole señas a su amigo para que le siga, intentando aparentar lo que quiere: no le pasa nada.
Entran en el aula.
            -Señores, ¿necesitan una invitación para entrar a mi clase? O como dicen ustedes, un flyer –dice la profesora, pronunciándolo mal y provocando la risa de más de uno de la clase –porque si es así, avísenme antes y las mando.
            -No, no. No se moleste, lo sentimos –se urge él mismo a responder.
            -Siéntense.
Lleva media hora de clase y está apoyado en la pared sin más ganas que abrir la puerta y salir corriendo en busca de la joven de rizos castaños, casi rubios, y escapar de allí para refugiarse en sus ojos grises, protegidos por sus largas pestañas.
            -Señorito –oye decir a la profesora. Por lo que levanta la vista a ver de quién requiere la atención –si, si. Usted –se ve señalado –por lo que veo, para usted las fórmulas que estoy dando se interpretan como… -la profesora se acerca a su cuaderno, en el que él se da cuenta de que ha dibujado la silueta de la chica, contoneante, sinuosa, esbelta, con un bolígrafo negro –una preciosa joven –termina la profesora -¿su novia?
-No –es lo único que se oye decir.
-Bien, pues igualmente, y si no le importa. Sólo –remarca –si no le importa, copie esto en su cuaderno.

Por fin ha acabado la clase. Ya solo queda una hora para acabar el día.
-Cielo, ¿estás bien? –se acerca Paula.
-Si, si… solo estoy... un poco…
-Distraído –termina su amiga por él.
-Si. Supongo que es eso…
-Uuuuuu. Conozco esa cara… ¡Tu estás pensando en alguien!
-… -no es capaz de responder. Porque en realidad no sabe qué debe decir ahora.
-Venga… dime quien es –ruega su amiga.
-¿Quién?
-Esa chica. Venga ya, que los demás pasa, pero yo no soy tonta y te conozco bastante bien. Cuéntame –le ordena.
Pero él no se siente a gusto. Ni siquiera piensa que haya nada que contar. No pasó nada con aquella chica. Solo se le quedó mirando con curiosidad y él inconscientemente le devolvió la mejor sonrisa que tenía. Aunque, aun así, sentía como si la conociera de mucho antes, como si sus ojos fueran tan transparentes que le mostraran cada vez que se asomara, algo nuevo sobre su vida.
Tic. Tac. Tic. Tac. Tac. Tac. Tac. Siente como si el reloj ralentizara cada vez más. Como si retrocediera solo porque él esperaba que acabe el día, mirándolo insistentemente.
Pese a ser la última clase, y no ser muy pesada, Informática, se siente cansado, aburrido. Como si no hubiese nada en el mundo que pudiera hacer. No sin antes verla de nuevo.
Otra vez ella. ¿No va a poder quitársela de la cabeza nunca más? ¿Y si no la vuelve a ver?
Bueno, ya está bien. Se dice a si mismo. Mientras nota que su móvil vibra. Lo saca del bolsillo disimuladamente y ve un nuevo aviso de su WhatsApp.
Mario. Que si se va con él al Starbucks después de las clases.
Mira a su amigo y le en sus labios un “Venga tío, que es viernes”.
En cuanto vuelve a leer el mensaje del WhatsApp se le iluminan los ojos. Sonríe de una manera exagerada, imposible de esconder. Y es que en realidad no han pasado más de dos semanas, sino justo tres. Justo. Mario le mira extrañado. Es el mismo plan de los últimos viernes, y nunca había mostrado tal felicidad ante la propuesta. Algo estaba pasando, y él iba a averiguarlo.
Por fin el timbre de salida suena, indicando el final de la jornada escolar para los de secundaria y bachillerato.
Mario y su amigo caminan rápido entre sus compañeros, para no tener que esperar cola más tarde. Ninguno se despide de ningún amigo, ya que al día siguiente por la tarde se verán a la hora de siempre, en el sitio de siempre.
Salen rápido, y se dirigen a la parada de la primera ruta, que les llevará a casa de Mario. Allí comerán, se cambiarán y se irán al centro comercial de siempre. A hacer lo mismo de siempre. Solo que esta vez, por alguna desconocida razón, a él parece interesarle mucho más el plan.
Dan las cinco y media cuando salen de la casa del joven y se dirigen al Metro. Lo bueno de Madrid es que llegas de una punta a otra en unos minutos.
Destino Sol. Como cada viernes, los chicos ensayan su número de Tectonik en el vagón. Atrayendo miradas y sonrisas de interés, mas por los bailarines que por el propio espectáculo. Pero ellos siguen bailando. Con gracia, divertidos y sin pudor alguno.
Después de varias paradas y sin tener que hacer trasbordo, los dos amigos se bajan del vagón y se dirigen, un viernes más, al Starbucks de aquella esquina. Cada uno con una esperanza, con una chispa de alegría y con una razón distinta para sonreír.
Él no ha dejado en pensar algo con lo que poder acercarse si vuelve a verla. Cualquier excusa, algo que decir, algo que se caiga, algo que la llame la atención y se de cuenta de que es él, el chico de hace tres semanas. Empieza a imaginarse hablando con ella, pidiéndole quedar un día. Y sin casi darse cuenta, se oye decir todo eso en alto. Mario le mira como si fuera un extraterrestre. Acerca su mano a su frente para hacer la típica broma de la fiebre, sonríe. Y él, que normalmente le suele molestar que le hagan eso, no lo impide. Solo piensa en la posibilidad, aunque sea más que pequeña, de ver a la joven de los ojos de humo.

A unos cuantos kilómetros del centro de la ciudad, comienza a llover. Ella, que no ha cogido ni paraguas, ni abrigo siquiera porque hacía sol cuando salió, corre a refugiarse al darse cuenta de que su liso pelo se empieza a encrespar y que sus Oxford se están mojando, cosas que no le hacen ninguna gracia.
Algo sobresale de su bolso. Algo pesado, pero frágil. Bastante usado por lo que parece. Ella no se da cuenta y sigue trotando, cuyo fin de carrera se encuentra debajo de la parada del autobús.
En ese mismo sitio de la ciudad, un libro cae abierto a la calzada, empapándose, borrándose toda esa historia que se traen Elisabeth Bennet y el señor Darcy. De unas páginas que han sido leídas por la misma persona veintiuna veces, contadas.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Un café y un sobre en blanco. Capítulo 1. El reloj.


-Soy frágil, irremediablemente frágil…-se maldice ella mientras se seca una lágrima, que solitaria, corre por sus mejillas.
Agradece que llueva, ya que así se confunden sus lágrimas, con el aguacero que asola la ciudad. 
A cada paso que da, recerrda cada frase, cada mirada por aquella web-cam, que los unía a pesar de la distancia, cada confesión, cada sonrisa, cada secreto…
-¿Por qué te creí, Marc?... ¡Prometiste quedarte para siempre!-expresa en voz  alta, desgarradora, casi enfadada.  La gente se vuelve para mirarla, pero ella niega repetidamente con la cabeza y sigue caminando. Que la gente piense que está loca, es el menor de sus problemas en ese preciso momento.
Recuerda la carta que ha escrito esa mañana en clase de Lengua. Esa carta que desea que él lea.  Esa carta que ha escrito medio a escondidas y que aquel compañero de pupitre, tan cotilla ha querido leer a toda costa. Suspira profundamente.
-¡Ojalá la gente se metiera en sus asuntos! -piensa entonces entre enfurecida y dolida al recordar todos aquellos comentarios y cotilleos que corrían por el colegio. La gran mayoría no eran ciertos y pese a que se obligaba a no prestar atención, últimamente aquel pacto silencioso que ella misma se había impuesto no obtenía muchos resultados. No hacía falta que le recordaran su nombre, ni siquiera su historia, por mucho que quisiera era incapaz de dejar de pensar en ella.
Acelera al ver a Gonzalo, su mejor amigo, en la puerta de aquel  café y se pregunta por enésima vez en aquella tarde, qué hace ahí.
Una voz dentro de su cabeza, se apresura a contestarla: El persuasivo de Lalo, como si eso explicara todo. Avanza hacía él y le da un pequeño beso en la mejilla como saludo.
-Has llorado -comenta el chico seriamente. Pocas veces, hablaba  en aquel tono adulto. Ya que todo lo que decía, iba acompañado de un comentario sarcástico y divertido. Que casi, sin pretenderlo, te obligaba a sacar una sonrisa al instante.
Esta vez, Caye no se apresura a contradecirle como acostumbraba. Simplemente le abraza en silencio, poniéndose de puntillas, ya que su mejor amigo era más alto que ella. Él comprende sin necesidad de palabras.
-¿Voy bien? –dice ella, que se ha vestido despacio y sin muchas ganas. Poniéndose lo primero que ha visto en el armario: camiseta blanca de Paul Frank, falda alta granate, medias marrón oscuro, zapatos Oxford en camel y trenca del mismo color.
-Perfectamente combinada, como siempre –apremia él -¿Yo? –pregunta sonriente, poniendo cara no haber roto un plato en su vida.
-Increíble, como siempre –le contesta al chico que lleva los pantalones color mostaza, un polo de manga larga azul marino, con el cuello granate, una trenca de cuadros azul marino y camel y sus Gansos preferidos.
Acto seguido, se adentran en aquella calle atestada de gente que se encuentra cargada con compras navideñas. Hablando de cosas banales sin importancia, de bromas que sólo ellos dos conocen. La chica apreció  enormemente ese gesto, en aquellos momentos no se encontraba con ánimos para charlas sobre nada en concreto. Por lo que su amigo la libró de esa pequeña incomodidad, haciéndola reír de cuando en cuando.
Más tarde, una vez comprado  el reloj que había visto la muchacha semanas atrás, deciden dar una vuelta, antes de tomar algo.
Entran a varias tiendas. Ella se compra una falda, un pañuelo, unas calzas y alguna que otra prenda más. Todo le está permitido aquella tarde. Al menos algo tiene que hacerla sonreír.
Y Lalo lo sabe, le ve brillar los ojos y eso le hace sentir bien. Quiere a aquella chica casi más que a él mismo, y verla sufrir le duele como si le pegaran a él.
Cayetana llevaba tres semanas sin apenas dormir, mandándole mensajes sobre lo mal que se sentía. Y eso a él le mata. Por lo que aquellos casi noventa euros que la joven ha gastado en apenas hora y media, le son perdonados por aquella vez. Sin reproches ni malas caras.
Han corrido muchos rumores sobre ellos dos en aquel colegio raro al que tenían que ir día a día. Siempre había alguien que intentaba sacar partido de su profunda amistad diciendo que se habían liado, que en realidad no se soportaban, o que ya no eran vírgenes ninguno de los dos.
Pero nada de aquello les importaba a ninguno de los dos, es más, aquel último rumor sobre ellos era reciente, y Cayetana no tenía constancia. Lalo se carcajea por lo bajo.  Aquel era el mayor disparate que podían inventarse. Él y Cayetana haciéndolo. No podía imaginarse a su mejor amiga de esa manera. Y tampoco pensaba contarle nada de aquello, no al menos aquella tarde… Aquella tarde que era solo para ella.
Después de varias tiendas en las que la joven yo no se interesa por nada de lo que han visto, deciden buscar un local donde descansar un poco. Un pálido sol luce entre las nubes, desafiando al mal tiempo.
Cayetana corre al reconocer el logotipo del Starbucks, como si le fuera su vida en ello. Amaba aquel establecimiento, cualquiera diría que era su segunda casa. Entra, sintiendo el calor que hace dentro, seguida de cerca por Lalo.
Al entrar en el café y acercarse al mostrador para pedir su bebida, la chica se fija a través del cristal en un grupo de chicos que bailan Tectonik, ajenos al frío, casi invernal, que sacude la calle. Aquellos chicos, que si estuvieran delante los macarras de su clase dirían que eran “de su misma especie”, o pijos, como solían decir.
No puede evitar fijarse en el muchacho rubio, el más alto de todos. Que al percatarse de su mirada la sonríe.
Sorprendida por ese gesto, coge su Mocca Praliné recién hecho y humeante, y se acomoda en la mesa del fondo, dispuesta a beber para olvidar.



sábado, 11 de diciembre de 2010

Un café y un sobre en blanco. Prólogo.

Caye se encontraba mirando distraídamente por la ventana. Hacía rato que había desistido en aprenderse siquiera una página de aquel tema sobre Física y química. Por lo que ahora el libro yacía en la cama, abierto por una página cualquiera.
Su mirada, se dirigió al firmamento que ya comenzaba a oscurecerse, indicando las pocas horas de sol que restaban para que el astro se ocultara.

-¿Por qué? Simplemente, ¿por qué, Marc?- posó la mirada en aquella fotografía. En la que un muchacho joven, sonreía a cámara. Alzó su dedo índice y se sorprendió así misma repasando con él su silueta con infinito cariño. Como si temiera que el papel se rasgara o se desvaneciera de pronto. 
Aquella  pregunta llevaba días formándose en su mente, dando vueltas como en una noria, a una velocidad vertiginosa.
Marc, aquel chico por el que ella había apostado todo. En que ella había confiado ciegamente. Con él que había compartido tantos momentos y tantas noches en vela frente a la pantalla de su ordenador, había desaparecido de su vida tan rápido cómo había venido. Sin un motivo  aparente ni dar ninguna explicación.
Una lágrima recorrió su rostro y siguió su curso, sin que nadie lo impidiera. Hasta acabar sobre su falda de un uniforme que ella catalogaba de infinitamente incómodo. Sólo entonces pareció percatarse de que estaba llorando. Como hacía tiempo que no lo hacía.

La vibración de su Blackberry y la luz parpadeante, la indicó que la estaban llamando. Con un suspiro sin ni siquiera fijarse en el nombre de la persona que requería su atención se lo colocó en el oído y tras decir un ¿Diga? en un hilo de voz, escuchó al siempre optimista de Lalo, su mejor amigo.  
-¿Recuerdas el reloj que querías? Bien, cómo te hacía tanta ilusión y sólo quedaba uno, he pensado que podíamos comprarlo y dar una vuelta por ahí. ¿Si? Bueno, prepara la ropa que te quieras poner que en cuanto comamos mañana nos vamos. Un beso- dijo como saludo el muchacho.
         -Gonza...- comenzó ella, pero lo único que escuchó como respuesta fue el bip que daba la conversación por finalizada


viernes, 10 de diciembre de 2010

Un café y un sobre en blanco. Portada.

Para que veáis. Alba se ha currado en un día una portada para la novela. Lo ha dibujado ella :)
Cada historia tiene sus objetos significativos... a lo largo de la novela lo veréis. Esperamos que os guste!!

jueves, 9 de diciembre de 2010

Un café y un sobre en blanco. Sinopsis.

Su título es:
"UN CAFÉ Y UN SOBRE EN BLANCO"
Una chica, cuya vida aparentemente normal gira completamente antes del verano. Será muy feliz hasta el principio de la historia, donde esa felicidad se ha ido con la persona con la que vino.
Conocerá a gente nueva y encontrará de nuevo la felicidad en los lugares más remotos, tales como un Starbucks.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Temática y demás.

Hola! Somos Marina y Alba. Más conocidas como Jazz y Bean, respectivamente.
Nos encanta escribir, y aparte de tener nuestros respectivos Blogs personales (A un paso de sentir y amordiscos.), hemos decidido crear este blog para subir nuestras historias y novelas, inspiradas ni más ni menos que en nuestras propias vivencias.
En cada entrada subiremos un capitulo de nuestras respectivas historias, indicando siempre el título y el número de capítulo para que no se pierda el hilo de la historia ;)